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lunes, 21 de enero de 2019

EL HERMANO EXTRAVIADO (Lucas 15:25-32).


En mi país hay un servicio a la comunidad que algunos medios de comunicación llevan a cabo, en el cual se informa sobre personas perdidas. Ancianos, jóvenes y niños son anunciados con fotografía y datos personales, solicitando la ayuda del público para localizarlos. Lucas capítulo 15 muestra algo parecido. En este capítulo se habla de cosas y personas perdidas. En los versos 1 al 7 leemos sobre la oveja perdida. En los versos 8 al 10 de la moneda pedida. Y en los versos 11 al 32, del hijo perdido, el cual es comúnmente conocido como el hijo pródigo. En cada historia se ilustra el interés de Dios por los perdidos. Tenemos al pastor buscando a la oveja perdida, luego a la mujer buscando la moneda, y al padre anhelando el regreso de su hijo perdido.  Pero allí no termina la historia. El padre de la tercera parábola, todavía va a buscar al segundo de sus hijos, el cual también se ha extraviado. Mostrando que Dios se preocupa por cada individuo y quiere que todos sean rescatados, encontrados, salvados.

Es común escuchar muy buenos mensajes acerca de la oveja, la moneda y el hijo pródigo. Incluso sobre el amor del padre. Pero, ¿ha considerado usted al hermano mayor de la tercera parábola? Él es conocido como el hijo o el hermano mayor. No se nos presenta su identidad, pero es evidente a quién representa. En el contexto de la historia representa a los escribas y fariseos. En un contexto más amplio, al pueblo judío. Y en un contexto actual, nos representa a nosotros, a quienes estamos en casa. Él es la imagen de uno que está en la iglesia, que está involucrado y comprometido con las cosas de Dios, pero que, tristemente, no tiene una relación real con el padre. Aunque él está en la casa del padre, ¡sigue perdido! Su corazón está en un país lejano, aunque su cuerpo está en casa.

Es importante entonces, que enfoquemos la historia de este joven en dos direcciones. En primer lugar, apuntamos hacia personas que están perdidas en el pecado y necesitan ser salvos. Podrían ser personas religiosas, podrían ser personas que son miembros de una iglesia, personas buenas y moralmente intachables, pero perdidas. Esta historia es para ellas. En segundo lugar, apuntamos también a los salvos que tienen una actitud semejante a la de este varón. Son personas inconformes con la manera en que Dios recibe a los “pródigos” que regresan a casa. Ellos no están gozosos por lo que Dios ha hecho en el corazón de aquellos, y sobre todo, porque no lo está haciendo como ellos creen que debería ser hecho. Ellos se niegan a perdonar. Se niegan a compartir. Se niegan a recibir a los tales.

EL HERMANO EXTRAVIADO TIENE UNA BUENA POSICIÓN EN LA CASA DE SU PADRE.

Tiene una posición privilegiada. En Lucas 15:25, es descrito como “mayor”. En el texto griego leemos la palabra “πρεσβυτερος” (presbúteros), es decir, “anciano”. Siendo así, le correspondían dos partes de los bienes de su padre, por lo que, en otras palabras, recibió dos veces más de lo que recibió su hermano menor (Deuteronomio 21:15-17). Entonces, y como su hermano menor ya recibió la parte que le tocaba (Lucas 15:12), técnicamente todo le pertenece a este hombre. Cuando su padre muera, no solo recibirá las posesiones de su padre, sino también ser convertirá en el jefe de la familia. Bien podemos decir que mucho se le ha dado ya, y mucho todavía recibirá. Es un hombre bendecido.

Tiene una posición productiva. La descripción del texto bíblico es sumamente ilustrativa.  El verso 25 de Lucas 15, nos dice que “estaba en el campo”.  Lo cual es una referencia a sus ocupaciones. Él estaba dedicado a los negocios de su padre. Mientras que su hermano piensa en viajar y conocer el mundo, este joven se ha quedado en casa para sostener el negocio familiar. Es un hombre trabajador, labrando no solo su propia vida y futuro, sino también el de su padre mismo. En el hogar es muy querido por su dedicación y responsabilidad. Su vida es exitosa, es sumamente productiva.

Tenga cuidado con las apariencias. Cuando miramos con detenimiento la historia bíblica, se hace evidente que este hombre no sufre de ningún problema personal, ni tampoco con su familia. Él mantiene una buena relación con su padre, tiene una buena comunicación con él, ¡todo marcha a la perfección! Sin embargo, tal narrativa, creo yo, es premeditada. Recuerde que esta parte de la historia, es presentada así para que los escribas y fariseos se identifiquen con ella. Estas personas también estaban en una posición privilegiada. Después de todo, se les había dado el cuidado de la ley y las diversas revelaciones acerca del Mesías. Lamentablemente, su piedad estaba caracterizada por la apariencia (cfr. Mateo 23:27). Ellos se veían bien delante de los hombres, pero había un gran problema en su corazón. Ellos, como este joven, estaban extraviados en su corazón. Ellos estaban perdidos y desechos en su pecado, ¡y el Señor lo sabía!

Lo mismo se puede decir de muchos en las congregaciones. Son buenas personas, y mantienen una excelente pureza moral. No faltan a las reuniones de la iglesia. No maldicen, no beben, no roban ni hacen trampa. Han pasado al frente a confesar su fe en Cristo y han sido sumergidos en agua para el perdón de sus pecados. En otras palabras, ante los ojos de los hombres, todo está bien. Son tan buenos como cualquiera a su alrededor. Pero al igual que Jesús puede mirar en el corazón de los escribas y fariseos, y ver su condición perdida, así puede mirar en corazón de cada persona en la congregación, y saber si están perdidos o no. El hombre puede engañar a otros hombres, pero no puede engañar a Dios (cfr. 1 Samuel 16:7). Puede verse bueno, moral y activo en la iglesia, y dar una muy buena ofrenda, ¡y aún estar perdido! (cfr. Mateo 7:21-23). Muchos otros creen estar bien, no solo por la buena apariencia ante los demás, sino por lo que “sienten en su corazón”. Pero, aunque una persona sienta que no está perdida, aún así lo puede estar. Recuerde que, “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). El hombre puede ser engañado por su propio corazón. Solamente Dios es libre de tal engaño. Y de hecho, él dice que, “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jeremías 17:10). Con esta amonestación, no es mi intención hacer que alguien dude de su salvación. Pero sí es necesario advertir que, simplemente por estar en las cosas de Dios, no equivale a ser salvos. ¿Quién creería que por dormir en una cochera se convertirá en automóvil? ¿Quién creería que por subir a un árbol lo hará un pájaro? Por estar una cabra entre las ovejas no hace que la tal se convierta en una, ¿verdad? Si la persona no nace de nuevo, entonces no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:3, 7). La salvación es por gracia, pero es necesario tener fe (Efesios 2:8). Y aunque el bautismo es para perdón de pecados (Hechos 2:38; 22:16), sin el arrepentimiento es imposible la conversión (Hechos 2:38; 3:19). Es necesario creer, pero creer “de todo corazón” que Jesús es el Hijo de Dios (Hechos 8:37; Romanos 10:9, 10). ¿Es usted salvo, entonces? ¿Se ha convertido usted a un básico sistema doctrinal? ¿A un grupo de iglesias? ¿A un partido? ¡Necesita nacer de nuevo! Las apariencias engañan.

EL HERMANO EXTRAVIADO Y SU PROBLEMA CON LA FIESTA.

Dice Lucas 15:25-30, “Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; 26y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27El le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo”.

Tenía un problema con sus motivos. Cuando este joven se entera sobre la causa por la cual hay una celebración en casa, se enoja y se niega a entrar a la fiesta. Su padre sale y le ruega amablemente que entre con los demás. La respuesta del joven revela mucho sobre su corazón. En el verso 29, le recuerda al padre su fiel servicio y se queja de que nunca se le ha hecho una fiesta por todo lo que ha trabajado. Este reclamo revela dos cosas importantes. A este hombre no le importaba que su hermano perdido hubiera vuelto a casa. A este hombre no le importaba la paz y tranquilidad de su padre. A este hombre no le importaba la gloria del padre. Quería la gloria para él por todo lo que había hecho por su casa. A este hombre no le importaba su padre mismo, pues todo lo que hizo, lo hizo para él.

Su postura era tal que, incluso, se representó a sí mismo como un esclavo al servicio de su padre. Una de sus palabras en el verso 29 es, “δουλευω” (douleuo); la cual, vierte sus palabras como lo hace correctamente la Versión Moderna de H. B. Pratt, “tantos años ha que te sirvo como un esclavo”.[1]

Tristemente, esta misma mentalidad está en el corazón de muchos creyentes hoy en día. No pueden regocijarse cuando los pecadores son rescatados, porque se sienten “amenazados”, o incluso, tan puros y perfectos, que aquellos ni siquiera merecen la salvación. Eso mismo pensó Jonás para con los habitantes de Nínive (Jonás 4). No pueden regocijarse cuando la congregación crece, porque ven que se les acaba el poder, o la atención que ahora es puesta sobre los nuevos conversos. No les importa la voluntad de Dios. No les importa lo que Dios ha hecho por los pecados “de todo el mundo” (1 Juan 2:2). Quieren los elogios para ellos mismos. Quieren todos los abrazos para ellos solos. A veces hasta quieren la gloria “de salvar” a alguien, pero, como el pecador “fue salvado” por otro hermano, entonces están llenos de envía y molestos por no poder tomarse la foto y recibir el pago de su trabajo. No les importa que la voluntad de Dios se haga en la iglesia, sobre todo cuando va en contra de su agenda personal. Su servicio en la iglesia no se trata de Dios, se trata de ellos. Por eso, es importante preguntarse, ¿qué impulsa tu servicio en la iglesia? ¿Cuáles son tus motivos para lo que haces? Pablo nos dice cuál es el motivo correcto: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

Tenía un problema con su mentalidad. Cuando nos detenemos en las palabras de este joven para con su padre, se hace patente su orgullo. Nos damos cuenta rápidamente que está enojado y que es irrespetuoso, arrogante y defensivo. Obviamente, hay algo malo en la forma en que está mirando lo que está sucediendo. Debería estar feliz porque su hermano regresó a salvo de un país lejano. Debería estar contento de que el padre haya recibido en casa de nuevo a su hijo perdido. Pero no puede. Todo lo que puede hacer es lloriquear, hacer pucheros, malas caras, manotear y quejarse. Ahora, vea sus palabras en el verso 30, “Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo”. ¿Leyó con atención? ¿Quién le dijo a él que su hermano había gastado su dinero con rameras? Ni siquiera ha hablado con él, ni con su padre al respecto, pero “ya sabe” todo lo que ha pasado. ¿Sabe lo que pasa aquí? ¡Él está celoso! Aunque siempre ha estado en casa de su padre, ¡su corazón está en un país lejano! Está tan lejos de su padre como lo estaba el otro hijo cuando se fue. ¡Todo lo que él reclama, es no haber vivido como su hermano! Pero, como no lo hizo, está enojado porque su padre ha recibido a quien sí hizo lo que él solamente hace en su corazón.  Este fue el error de los fariseos. Mantuvieron la letra de la ley sobre sí mismos para ser vistos por los hombres, ¡pero la vida contraria a la ley estaba en sus corazones!

Mis hermanos, ¿cómo estará nuestro corazón, para poder vivir lejos de la voluntad de Dios? No tienes que vivir físicamente en adulterio para que tu corazón, espiritualmente esté en un país lejano, sin Dios y sin esperanza en el mundo. Puede estar en la iglesia, servir, cantar, dirigir himnos, predicar y cualquier otra cosa que quiera nombrar, y aún estar fuera de la voluntad de Dios. Otros muchos pueden estar en la congregación sentados y enojados, con su corazón duro porque las cosas no funcionan como ellos quieren, o por tener algo contra otro hermano, llenos de malicia y rencor, y así estar en ese país lejano. Puede verse también en la congregación, con una Biblia más grande que la de cualquier otro, pero tener un corazón lleno de lujuria, malos pensamientos, deseos diversos por el pecado, y así su corazón lejos en un país lejano.  ¿Entiende el punto? Puede pretender ser lo que usted quiera, pero siempre será una mera pretensión. Algo exterior, cuando lo que importa es el corazón (cfr. Mateo 15:18-19). Cuando nacemos de nuevo, entonces recibimos un corazón nuevo (Ezequiel 36:26), lo cual hace posible practicar una nueva vida. Y quienes han nacido de nuevo, deben tener cuidado de mantener limpio ese corazón (cfr. 1 Juan 1:9).

Tenía un problema con sus métodos. En medio de la discusión, él no tuvo cuidado de no faltar al respeto de su padre, discutiendo con él en tales términos aún delante de sus criados. Los invitados sin duda quedaron atónitos al ver tan desagradable espectáculo. Ahora él también trajo tanta vergüenza a la casa de su padre como lo había hecho su hijo menor. La ira tomó control de su mente y sus emociones. ¡Atacó! ¡Criticó! ¡Culpó sin pudor alguno! Esto nos permite ver que su corazón no está bien. Porque las palabras y expresiones externas son un espejo de lo que hay en el corazón. Pablo así lo explicó en Gálatas 5:19, cuando dijo, “Y manifiestas son las obras de la carne”. Un corazón insano manifestará obras igualmente enfermas. ¿Qué dicen sus obras sobre su corazón? Observe a las personas que solo pueden atacar, criticar y culpar a todos menos a sí mismos. Usan una vara muy corta para otros, pero no para ellos. Cuando usted toma una medida y no la aplica a sí mismo, tenga cuidado. Hay graves problemas espirituales en su corazón.

EL HERMANO EXTRAVIADO RECIBIÓ UNA AMOROSA RESPUESTA.

Leamos los versos 31 y 32 de Lucas 15, “El entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”.

Poniendo de relieve su relación. Es de llamar la atención la primera palabra que dice el Padre. Él dice, “Hijo”. ¿Por qué es esto importante? Porque, si leyeron con atención, su hijo mayor nunca se refiere a él como “Padre”. Si enojo era tanto que puso una división entre ellos. No había más afinidad entre él y su padre. No obstante, ¿es el hecho tan grande, como para perder dicha relación? El Padre quiere primero restablecer esa relación, y le dice, “Hijo”. Esta palabra mostró el amor del padre, y el espíritu correcto con el que el padre se dirige a su hijo.   

Mis hermanos y amigos, cuando estamos lejos de Dios, él nos sigue hablando con el mismo amor con que nos amó al enviar al Salvador. Él no golpea con violencia nuestra puerta, sino con amor llama para que le dejemos entrar. No cierre su corazón, escuche lo que él tiene que decirle, y descubrirá cuántas bendiciones ha tenido, y aún puede tener con él.

Indicando su atención por él. El padre le dijo, “tú siempre estás conmigo”, lo cual indica que nada de lo que ha hecho este joven ha pasado desapercibido. El padre elogia sus esfuerzos y su buena conducta, mostrando que sí ha tomado en cuenta todo lo que hace. Cuando el padre dice, “Hijo, tú siempre estás conmigo”, le está diciendo cuánto le valora. Dios valora nuestra relación juntos, más que lo que valoramos nuestras propias obras. Este joven pudo haber disfrutado del compañerismo con su padre en cualquier momento que quisiera, pero, al parecer, estaba demasiado envuelto en sus propios planes y proyectos, así como en su propio legalismo y en el afán por cumplirlo. ¡No estaba disfrutando ni de su propia vida!

Recordando una promesa. El Padre también le dijo, “todas mis cosas son tuyas”. No hay razón por qué pelear por algo. Ni por el padre, ni por las posesiones. Este joven quería las cosas del padre, pero no al padre; pero al mismo tiempo, ¡no quería que nadie más tuviera al padre! Es importante recordar las promesas de Dios cuando, por el enojo, o por algún sentimiento negativo en contra de nuestros hermanos, estamos en peligro de perder todas las bendiciones de Dios, e incluso nuestras almas. Por eso, recordemos las promesas de Dios, y gocemos de nuestra cercanía, de nuestra comunión con nuestro paciente padre.

Estableciendo sanas prioridades. En el verso 32, el Padre le dice a su hijo que era “necesario” hacer esta fiesta. El regreso de su hijo, para el padre, es motivo de celebración. Un hijo perdido ha sido encontrado. Un hijo muerto ha vuelto a la vida. El amor y la fe de un padre han sido reivindicados. El nombre de la familia ha sido restaurado. Había muchos y grandes motivos para regocijarse. Y sobre todo, hay cosas que son más importantes que otras. Hay que cosas en la vida que merecen prioridad. La vida de su hermano es más importante que el recreo con sus amigos, ¡y aún que todas las posesiones juntas!

¡Participe en la fiesta! Todos están felices, menos usted. Menos usted que está molesto porque cosas menos importantes no suceden como usted quiere. En el contexto, está feliz el pastor, está feliz la mujer que encontró la moneda. Y en nuestro texto, están felices los criados, el hijo menor está feliz, y está feliz también el padre. ¡Solo el hijo mayor está enojado! En todo el capítulo hay solamente una persona enojada. Está solo, está solo en su miseria y se niega a ser feliz. El banquete está allí, todo lo que tiene que hacer es entrar y divertirse. Pero por tener en desorden la lista de prioridades, prefiere estar fuera de casa, lejos de la fiesta, lejos, lejos, lejos, ¡está extraviado! ¡Qué lástima! Pero, ¿qué hay de usted, estimado lector?

CONCLUSIÓN.

La historia termina sin un final para el hermano mayor. ¿Entró a la fiesta? No lo sabemos. Solo lo vemos enojado, lejos y extraviado. Y creo, nuevamente, que quedó así por una razón: ¡Cada individuo debe escribir su propio final para esta historia!

Si está extraviado, ¿se quedará afuera o entrará? Si está dentro, pero las cosas no están como usted quiere, ¿se quedará afuera enojado, o se involucrará en lo que el Señor está haciendo? La elección es suya ahora, ¿qué hará? Si pretende no hacer nada, no elegir nada, solamente se engaña. No hacer ninguna elección, es elegir negativamente. Es decir, “no quiero”. Por eso, le ruego que no tome esa postura. Si el Señor toca a su corazón, sea que le esté llamando para que obedezca su evangelio, o sea que le esté amonestando con respecto a su caminar en la fe, entonces ¡entre a casa!


[1] 1ª edición 1893, revisada en 1929.