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viernes, 28 de septiembre de 2018

YO HE ROGADO POR TI.

No cabe duda que, tener fe en Dios cuando sabemos que hemos vivido rectamente delante de su presencia, es algo sencillo. Caminar sin ninguna carga de culpa sobre nuestros hombres es fácil. Ser alumbrados por la santidad de Dios, al mantener nuestras vestiduras blancas, no produce ningún tipo de vergüenza, ni mucho menos razón alguna para agachar la cabeza o pretender esconderse de él.

Pero, ¿qué hay cuando hemos fallado? El azote por nuestras transgresiones es justo. Sabemos que al haber tomado una decisión loca, y haber tomado un camino distinto al que nuestro Dios nos ha señalado, nos ha hecho dignos de sufrir vergüenza, culpa y desolación. La zozobra es grande en medio de tan obscura tempestad. No obstante, en medio de tales circunstancias difíciles, recuerde las palabras del Señor, cuando dijo a Pedro, “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:31, 32). ¡Cuán grande es el amor del Señor! Es alentador saber que, a pesar de nuestros errores, el Señor sigue siendo nuestro mediador, para que, la esperanza de nuestra restauración no falte.

La fe, bajo un sentido de culpa, es uno de esos nobles tipos de fe ante la cual algunos se sorprenden. Como dije, la fe de un fiel es comparativamente fácil; la fe de quien ha pecado es sumamente difícil. Cuando sabes que has caminado rectamente delante de Dios, y nos has manchado tus vestidos, entonces puedes confiar en Él sin dificultad: pero, cuando te has desviado, y cuando el Padre celestial te conduce por fin a lastimarte bajo Su vara, entonces, si te arrojas sobre Él, eso es verdadera fe. No dejes de ejercitarla, pues esta es la fe salvadora. ¿Cuál es la fe que, primero que nada, conduce a los hombres a la posesión de una buena esperanza, sino la fe de un pecador? Con frecuencia en la vida, cuando nuestra culpa se nos torna más manifiesta que lo usual, seremos guiados a ese primer tipo de fe, en la que, siendo indignos, confiamos enteramente en la gracia y el perdón de Dios. Sería sabio vivir siempre por esta misma fe. Si alguno de ustedes se encuentra en este momento en medio de una gran zozobra, y está consciente que merece con creces todos sus problemas por causa de su insensatez, debe confiar en la misericordia del Señor. No tengan dudas del Señor su Salvador, pues Él invita a Sus hijos rebeldes a que regresen a Él. Aunque hayan caído por su iniquidad, no se escondan, ni se alejen, mejor regresen al Señor. Que el Espíritu Santo, a través de la Palabra, les dé una confianza renovada en el Señor, que perdona la iniquidad, la transgresión, y el pecado, y no retiene para siempre Su enojo, porque él es grande en perdonar. Recuerda, “Yo he rogado por ti, para que tu fe no falte”.